Los miércoles después del trabajo voy a un curso de psicopatologías, la mente humana es algo que me intriga, así como la manera en la que categorizamos la realidad; era de esperarse que me interesen las enfermedades mentales, cuando algo me apasiona hago todo por saberlo a profundidad.

El curso terminaba cerca de las 7 pm, ese día no llevé auto, cosa que podría complicarse debido a que vivía al norte de la ciudad y tomaba el curso en la colonia Cuauhtémoc, al salir me vería obligada a abordar el metro y después un bus en plena hora pico.

Salí y el clima era húmedo anticipando la lluvia, pero sumamente cálido a causa del tremendo sol que envolvía la ciudad por las tardes, caminaba hacia el metro a paso lento, fumando un cigarrillo mientras imaginaba la escena sofocante que me esperaba en el subterráneo, no quería abordarlo, en verdad odiaba la idea de verme obligada a compartir mi espacio personal con decenas de personas, pegadas una a la otra, sintiendo sus respiraciones cansadas, sus cuerpos olorosos y sus bolsos llenos de recipientes vacíos con restos de comida, así que tomé la mejor decisión posible en ese momento: beber, quería una cerveza fría, en un lugar tranquilo mientras la afluencia de personas bajaba, así mi regreso sería menos martirizante.

Llegué a la glorieta de Cibeles, y entré a un lugar que se especializaba en hamburguesas y cerveza, pedí un poco de cebada fermentada y obscura, mientras en la mesa de lado un sujeto bien parecido sonreía al mirarme, yo, le devolvía la sonrisa, finalmente se acercó y tomó asiento a mi lado, comenzamos a charlar sobre temas de lo más triviales, pidió una jarra de cerveza, y luego otra, mientras el dueño del lugar nos daba a “probar” – digo probar porque en realidad nos dio varios caballitos– su nuevo mezcal, así que la noche comenzó a abrazarnos entre tragos fuertes, cigarros y charla, aunque en varias ocasiones fuimos interrumpidos a causa de transeúntes que querían una moneda, vender rebozos, cigarros, o cualquier objeto que les permitiera tener un ingreso. Una pareja de unos cincuenta años se acercó pidiendo dinero para a completar para su camión, según ellos iban a la central de autobuses, lucían cansados, mi ahora acompañante les invitó una cerveza, él la aceptó, a ella le pidió una limonada, antes de que siquiera pudiera decir algo, estuvieron ahí sentados frente a mí, frente a nosotros, me intrigaba la manera en que él la trataba, como si  ella no fuese capaz de crear sus propios argumentos, o él estuviera evitando que ella “hablara de más”, finalmente se marcharon agradeciendo las bebidas, él con cabeza alta, y ella agachando la mirada…

Retomé la conversación con mi acompañante, aunque mi lengua comenzaba a arrastrarse seguíamos bebiendo, cerca de las doce recuerdo haberle dicho, que era hora de irme, pagó la cuenta y subimos a un taxi, no recuerdo más.

Al día siguiente desperté en una alcoba desconocida, y con resaca, él no estaba por ningún lado, yo tenía la ropa puesta y el pelo enmarañado, me incorporé y me lavé la cara, la habitación era entre verde y azul, con persianas negras, tomé una cámara deportiva que estaba en el mueble saliendo del baño, quería sacar una foto de la puesta de sol, se veía magnífica y mi móvil se había descargado por completo, mi captura fue majestuosa, sin embargo al entrar al menú de las fotografías reconocí un trasero, el mío, evidentemente comencé a pasar el resto de las fotografías, las capturas se veían borrosas, y ¡vaya sorpresa la mía, era video! yo estaba dormida en su cama dándole la espalda, él levanto mi vestido con delicadeza y me quitó las bragas, hizo un acercamiento a mi vulva, la lamió, separó mis nalgas, jugaba con mis genitales, separaba los labios y grababa más de cerca, se lamió un dedo y lo metió en mi culo, y yo inconsciente, ni siquiera me movía, sacó el dedo abrió mis nalgas e introdujo su lengua mi ano, la sacaba y lamia mi coño, apretaba los labios con sus manos y les daba pequeños mordiscos,  por instantes paraba y los separaba tanto como podía, se filmaba de cerca y me lamia el clítoris, los labios internos, despuésés de morderme me daba besos tiernos, suaves, metía y sacaba los dedos, cuando había dos adentro los abría, quería ver todo por dentro, , la cámara se acercaba tanto como podía a mí, despuésés sólo se podía ver su pene paseando por mi cara, le daba pequeños azotes a mi rostro mientras se masturbaba, al cabo de unos minutos regresó a la vulva, la lamió, separó los labios captando mi rosa más intenso, metió tres dedos, me moví un poco sin protestar, me masturbaba y grababa su pene cada vez más duro, sacó los dedos y embarró los fluidos en mi cara, sobre todo en mi boca y separó mis piernas, escupió entre ellas y me la clavó lentamente, sus gemidos tenues matizaban su placer, mientras me cogía metía dos dedos en mi culo, después de  unos minutos terminó en las nalgas, limpió su semen con su camiseta, y me dejó ahí dormida.

En eso, escuche pasos acercándose, de inmediato apagué la cámara, la dejé en su lugar, no sabía cómo reaccionar, me recosté en la cama, quiera reclamarle, decirle que era un maldito cerdo, pero estaba muy excitada por el video, entró a la habitación con café, me dio uno, mientras le daba pequeños sorbos él me decía que me había quedado dormida en el taxi, y  que no respondía, así que decidió llevarme a su casa, era verdad, yo no recordaba como llegué ahí, no me contó nada sobre el video o que me cogió mientras dormía, yo seguía muy excitada así que comencé a besarlo, miré la cámara en el mueble y dije:

–  ¿Te quieres grabar?

Greta C. Navarro