La forma de comunicarnos cambia constantemente, ahora conocemos personas a través de las redes sociales, cosa rara, sigues la vida de completos desconocidos y un día ¡ madres ! te escriben y te invitan a salir, es algo extraño finalmente no los conoces, aunque de alguna manera sabes que pasa en su vida y ellos en la tuya.  Me agrada poder  evitar el protocolo de entablar una conversación cara a cara, de alguna manera estar detrás de la pantalla, nos permite mandar a la mierda a alguien sin penuria alguna o aceptar salir sin más, desde la comodidad de tu habitación, sin estar rodeado de palurdos e impertinentes.

Algo así me pasó el lunes, últimamente traigo un rush muy cabrón con los músicos, no sé cómo ni por qué pero se hacen presentes en mi vida.

Estaba diseñando unos exámenes, cuando recibí un mensaje: “A ver qué día nos tomamos una chela”, El Señor Argüello, un dude que es guitarrista en una banda de rock buena onda que me gusta, bien parecido, bueno, según mis gustos: 1.80, barbón, lleno de tatuajes, con mirada profunda,  manos grandes y acento norteño – es de Monterrey – .

Quedamos de vernos al día siguiente en la hostería la Bota, en el centro de la ciudad como a eso de las cinco, honestamente no sé porque carajo acepté, me dio buena espina el tipo, y estaba medio aburrida, no tenía planes para ese día, así que la idea no me pareció tan descabellada.

El martes hacia mucho calor, mi auto se había dañado y  me tuve que mover en metrobús, llegando al centro tomé un taxi, cuando estaba sobre la calle de Bolívar, me llamó para decirme que tenía que esperar a que le llevaran unas cosas a su depa, que lo alcanzará y ya de ahí nos movíamos, cambié el rumbo hacia Av. Chapultepec, entre Balderas  y La Roma, al bajar del taxi le marqué (no tenía idea de en donde vivía)

-Ya te vi, bajo a abrirte.

Mis ojos lo buscaron hasta que una silueta alta y despeinada de asomó por un balcón viejo y desgastado de un edificio antiquísimo de la ciudad, de esos que guardan obscuros secretos y cuentan historias entre las paredes, por fin bajó, nos saludamos con aires de confianza, beso en la mejilla y abrazo, fuimos al oxxo de la esquina por unas cervezas, él quería Tecate – pinches norteños no sé por qué les mama la Tecate – pero yo elegí Lager, armamos un doce bien frío para compensar el calor del ambiente.

Llegamos al depa, primer piso y dos puertas para entrar, no era precisamente el lugar más glamoroso, pero tenía onda, me intrigó que no hubiera nevera ni estufa, nos instalamos en la sala de ensayo, llena  de instrumentos, cables, pedales y un sofá muy a gusto al lado de la terraza, pusimos música y conversamos un rato sobre el quehacer de la vida hasta que llegó el encargo: una bolsita de coca, -todos los rockstars con los que salgo son cocainómanos o tal vez todos los rockstars son cocos– estábamos bebiendo y armó unas suculentas líneas, como era temprano me pareció buena idea darme un par, además sólo eran un par, después de dejar las drogas duras, se vale darse un jale de cuando en cuando (no quería enfiestarme porque el miércoles entraba temprano a dar clase) así  transcurrió la tarde entre palabras, cerveza, coca, coincidencias y música.

Ya entrada la noche y después de doce cervezas fuimos por doce más y unos cigarros, al regresar continuamos bebiendo, después de un rato nos movimos a su habitación, la verdad no recuerdo cual fue el pretexto para llegar a la cama, pero llegamos, más cerveza, cigarros y música, ya sin coca, porque nos acabamos la bolsa completa, estábamos en su cama y me besó, su beso fue muy peludo, lleno de barba y bigote, con labios delgados y lengua inquieta, suave e incitador, lo estaba disfrutando en demasía, en eso sentí unas ganas tremendas de orinar, así que me paré y salí de la habitación, mientras mi cuerpo se liberaba de la cerveza miré mis bragas y estaban realmente húmedas, “no jodas, este cabrón me re calienta” , pensé, pero una vocecita dentro de mi no me dejaba avanzar, no quería que pensará que era una “golfita”  o algo así, por alguna puta razón ese día andaba de moralista, además me había gustado para algo más que coger, por lo general los hombres guapos con los que me cruzo son muy idiotas e iletrados, así que no me despiertan interés más allá de lo físico, pero el Sr. Argüello era un buen conversador.

Regresé a la habitación y me senté en la cama, continuamos platicando, de alguna manera hice que se sacara la playera, creo que porque se quejaba del calor, cuando se la quitó me gustó lo que veía; espalda ancha, hombros delineados y varios tatuajes decorando su piel blanca, él decidió sacarse el pantalón, llevaba unas trusas horribles, en general ese tipo de ropa no me gusta, prefiero los boxers, de esos pegaditos,  de hecho creía que nadie usaba ese tipo de calzones, bueno, tal vez los viejecillos, esos que ya no tienen sexo y nadie les mira la ropa que esconden detrás del pantalón, después de burlarme un rato me dijo que habría que igualar la situación, yo estaba completamente vestida, así que le di a elegir, pantalón o blusa, escogió la blusa,  mis pechos quedaron expuestos, evidentemente en ese punto ambos estábamos bastante calientes, podía ver su erección a través de sus feas trusas, nuevamente me invadieron los pensamientos pseudo-morales, finalmente me dije: -” A la mierda, si te gusta y le gustas no importa más nada, si es tan pendejo como para etiquetarte por un buen follón, no valdrá la pena, ” habría que averiguarlo…

Los besos se hicieron presentes de nuevo, ahora más intensos, con vaivenes de nuestras manos en el cuerpo del otro, las respiraciones se hicieron más fuertes, y nuestros cuerpos estaban realmente ansiosos, me quitó el pantalón y las bragas de una, me tocaba suavemente el pubis, los senos, hasta que perdió el control y se volvió una bestia salvaje, instintiva, comenzó a chuparme las tetas de  forma más intensa, mientras me metía los dedos y me inundaba cada vez más, separó mis piernas lo más que pudo y sumergió su lengua en mi, ¡Dios! que placer tan sublime el que sentí, sus chupadas eran precisas, como si pudiera leer mi mente, me metía los dedos mientras lamía mis labios, el clítoris, el  culo, estuvo abajo un rato mientras yo me retorcía y gemía cada vez más fuerte, se movió, era mi turno, no suelo meterme cualquier pene a la boca, pero dadas las circunstancias y después de lo que me había hecho sentir se lo re merecía, así que comencé a chupársela, suave al principio, un poco más rápido cada vez, deslizaba mi lengua por el glande, me detenía en el prepucio, jugueteaba con sus bolas y luego me lo comía completo, él me hacia saber que realmente lo disfrutaba, sus sonidos me excitaban en demasía, se paró y fue por un condón, me acomodó de una y me la clavó sin restricción alguna, me dolió, grité, pasaron unos segundos para que el dolor se convirtiera en placer, yo no podía contenerme, mis gemidos pronto se convirtieron en gritos  (como de película porno, sólo que estos eran reales), todo el edificio me escuchó,   cambiamos varias veces de posición, yo arriba, “de perrito”, él arriba, la profunda, cara a cara, la catapulta, ¡mierda, vaya que fue bueno! acabé un par de veces, él sólo una, nos quedamos recostados, abrazados, como tiernos adolescentes hasta que el sueño nos venció.

 

El Miércoles debía despertarme temprano y partir para trabajar, pero no fui, ¡carajo! ¿Por qué putas limitaría mi gozo y sacrificaría un gran día por obtener unos cuantos pesos? Nos despertamos después de medio día, nos habíamos dormido onda las cuatro o cinco de la mañana, él me besaba de manera tierna los hombros, el cuello, era extraño pero gratificante, llegó su banda a ensayar un rato, mientras, me quedé en la habitación contestando correos y pendejeando en la red, cuando acabaron regresó y se acostó conmigo, después de abrazarme unos minutos, metió su lengua entre mis piernas y me hizo el mejor sexo oral que me habían dado desde hace mucho tiempo, fornicamos, ahora totalmente conscientes de nuestros actos, acabamos, acto seguido  me metí a bañar, después él, fuimos a comer tacos (buenísimos por cierto) en un local enorme con mucha gente, pero servicio eficiente, regresamos al depa y nos quedamos dormidos, él me abrazaba, me besaba con connotación romántica cada que podía, me decía lo bella que me dibujaba ante sus ojos,  no dejaba de repetirme lo mucho que le atraía, cerca de las seis de la tarde me desperté, me pidió un Uber una hora después, me acompañó a la puerta y nos despedimos con dos besos en los labios y sonrisas de satisfacción.

 

Al llegar a casa me escribió un par de veces, eso me llevó a pensar en lo distinto que es el comportamiento entre una persona y otra, lo fascinante que es comprender las acciones de cada individuo, lo bello que sería mirarnos a menudo, lo mucho que cambian y se fracturan las relaciones, sería perfecto si se pudiera mantener la euforia, la emoción y el respeto que se tiene al iniciar, mientras tanto disfrutaba su aroma aún impregnado en mi piel, me perdía entre recuerdos necios y anhelos efímeros…

Greta C. Navarro