Siempre he tenido una actitud bastante nefasta ante la vida, no encuentro sentido en aquello el mundo dice llamar “felicidad”: tener una casa, un buen auto, formar una familia ¡Qué pendejadas! mi felicidad es mucho más sencilla que eso, basta con cerveza, cigarros y hombres, muchos hombres.

Por alguna razón que aún desconozco, se me ocurrió montar una relación con un tío que me tiré después de una fiesta, ¡vaya lío! , de entrada no estaba nada mal, y el sexo era más que magnifico, lo hacíamos siempre que podíamos, y su nivel de perversión era casi tan obscuro como el mío, al grado que las bofetadas, nalgadas, escupitajos y jalones de pelo, se volvieron cotidianos, la cosa iba bien, pero si algo he tenido claro toda la vida, es que me es imposible ser monógama. Ningún hombre que haya estado en mi vida ha merecido tal sacrificio.

Y aunque la cosa iba bien con este nuevo tío, yo necesitaba algo más, así que me inscribí en un sitio de sexo en línea, cosa rara porque siempre me pareció aburrido y medio estúpido, pero una tarde de ocio, lo hice, estaba muy caliente y el simple hecho de pensar en que cientos de hombre se excitarían y masturbarían mirándome realmente me puso.

En cuanto estuve en línea comencé a recibir cientos de mensajes, algunos me decían que me desnudara, otros que me metiera los dedos, otros que mostrara el culo, comencé por alzarme el vestido, -que de hecho no cubría mucho, era blanco, ligero y transparente dejaba ver mis bragas y tetas, porque no traía sostén,- yo podía escoger qué pantalla ampliar para ver al hombre que yo quisiera, elegí uno de muy buen ver, delgado pero con cada músculo del cuerpo marcado, me dijo que quería que lo obedeciera, así que comenzó:

  • Quiero que te alces más el vestido, muestre el culo puta
  • ¿Así está bien?, pregunté mientras lo levantaba
  • Sí así, ahora chúpate un dedo y métetelo
  • Así putita, ahora enséñame la concha sin quitarte las bragas ¿ya estás mojada?
  • hice hacia un lado mis pantys para mostrarle el jugo que quería ver, en efecto, estaba casi escurriendo
  • Te gusta obedecer, bien, ahora quiero que te metas los dedos y bebas tus fluidos, sí así, metete los dedos más adentro, hasta la garganta quiero ver como si vomitaras
  • Obedecí sumisamente sus órdenes, mis ojos comenzaron a llorar a por el esfuerzo de mi garganta
  • Él solo se masturbaba y tenía una expresión propia de un psicópata
  • Sí, así mami, ahora quiero que me enseñes las tetas, sácate el vestido, sí así. ahora quiero que te corras metete los dedos tanto como puedas y mojarme la cámara

 

Seguí sus indicaciones hasta que acabé, él hizo lo mismo y nos desconectamos.

Al día siguiente decidí tatuarme, (siempre que siento un vació lo hago) un dibujo más en mi cuerpo, elegí el abdomen, fui a casa del tatuador, un tío que ya me había rayado en una par de ocasiones, pero que desde que lo conocí me pareció muy atractivo, era muy blanco, muy alto, muy culto, y con un labios de pecado, que para acabarla de chingar eran matizados por un par de hoyuelos bellísimos.

Llegué cerca de las dos de la tarde a su casa, hacía mucho calor y fuimos por un par de cervezas, al volver, me postré en la sala a disfrutar de mi bebida mientras él montaba la sesión, bebimos un six , hasta que por fin dijo:

  • l¡Listo!, acuéstate y ponte cómoda

Desde que la aguja penetró mi piel sentí un dolor inmenso, (cosa rara porque no suelo quejarme al rayarme) él intentaba hacerlo con el mayor cuidado posible y aún así el dolor continuaba, así que de repente se detuvo y me dio un beso justo arriba de la pelvis

-Así no te va a doler, dijo.

Yo me quedé pasmada no sabía qué hacer, me senté y bebí un trago largo de cerveza, él me tomó por el cuello y me plantó un beso de lo más que exquisito, una parte de mí quería quitarlo porque tenía chico, pero la otra, la verdadera Milla, no pudo, así que seguí besándolo, me tumbó sobre el sillón y con caricias suaves comenzó a recorrer mi piel, cada espacio, cada hueco, me quitó toda la ropa tan sutilmente que no me percaté en qué momento me encontraba desnuda, y con su lengua recorriendo mis muslos cálidos, mientras sus largos, pálidos y definidos brazos masajeaban mis tetas, era muy tarde para parar, así que entró en mi, sus movimientos eran lentos y controlados, sabía justo en donde tocar, como si controlara su pene con la mente, yo, comencé a gemir, era un placer diferente, -siempre he sido aficionada del sexo fuerte- pero delicioso, me cambió de posición tres veces, con eso bastó para inundar su sala de piel, en la que se podían apreciar las gotas derramadas por mi placer.

Él acabó un par de minutos después, nos quedamos recostados en la sala cerca de media hora, se prendió un porro y dijo:

-¿Y si vamos a bailar?

-Vamos, respondí

Salimos sin rumbo hasta que llegamos a un lugar de mala muerte en donde la salsa, la cumbia, y los comerciantes populares eran las estrellas, pedimos cerca de 24 cervezas, las bebimos todas, bailábamos y reíamos inclusive cantábamos alguna canción de cuando en cuando, todo era natural, no había silencios incomodos o miradas lascivas, nos besábamos constantemente, así transcurrió toda la noche, hasta que el lugar cerró.

Me acompañó a mi casa, conversamos un rato más y nos despedimos con un enorme beso, que suplicaba más, entonces comprendí, tal vez exista un hombre que me haga monógama, pero con quien estaba en ese momento, no era “el hombre”…

Greta C Navarro