Un faune effaré montre ses deux yeux

Et mord les fleurs rouges de ses dents blanches

Brunie et sanglante ainsi qu’un vin vieux

Sa lèvre éclate en rires sous les branches…

Arthur Rimbaud (1854-1891)

 

En el noble y difícil arte de la poesía han existido muchos maestros a través de todos los tiempos, “Poeta maldito” es un término que se hizo famoso por el simple costumbrismo y la ignorancia de quienes en mayor medida lo han utilizado fuera de los recintos universitarios, principalmente en cantinas y bares de mala muerte. En realidad los versos y prosas de estos escritores, deberían ser revisados, debatidos, analizados solamente en aulas para evitar su mala interpretación y su deformación  y así soslayar desvalorarlos  o sobrevalorarlos.

Los errores de interpretación en este tema surgen desde el origen mismo del término pues  Les Poètes maudits es un libro de ensayos (no de poesía) escrito por el poeta francés Paul Verlaine publicado por primera vez en 1884 y posteriormente se editó una versión aumentada y definitiva en 1888 que hasta el día de hoy es la más conocida y la más traducida. Así es jóvenes bohemios, discúlpenme si los desengañe y rompí su ilusión de que eran un grupo de iluminados que se dedicaban a escribir textos oscuros y exclusivamente luciferinos, eso es un mito, tan grande como el de que el león es el rey de la selva.

En la obra de Paul Verlaine se describe y se exalta a seis poetas: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, y Pauvre Lelian  que en la obra original fue un anagrama sarcástico utilizado para  nombrar al propio Paul Verlaine. Un libro fundamental y clave para entender el simbolismo y la forma de vida de estos seis individuos, todos ellos con enorme talento y con vidas no muy gratas que digamos, pero que quede bien claro, en el texto se especifica que sus tragedias son consecuencia de sus dones literarios y no al contrario como normalmente lo dicen los bohemios de cantina, es sencillo, el ser un miserable alcohólico y/o drogadicto presuntuoso  de la autodestrucción por cualquier medio o un simple antisocial o antinormas, no te convertirá en un “poeta maldito”, pues lo primordial es el talento.   

Ya en 1857 se había publicado, aunque muy censurada, la primera edición de Las flores del mal de Charles Baudelaire,  quien muere en 1867 y que no aparece en el libro de Verlaine,  sin embargo algunos de sus seguidores  a principios del siglo XX afirman inexplicablemente, que el libro de los poetas malditos fue inspirado en la obra de Boudelaire por lo que insisten en incorporarlo en esta nueva categoría junto con otros tres poetas que son: Thomas Chatterton a quien desde 1920 llaman el primero de los poetas malditos (por su fecha de nacimiento), el conde de Lautréamont (que más bien es un decadentista) y Edgar Allan Poe, quien desde luego no es francés.

En fin para mediados del siglo XX ya transformado el calificativo en categoría integrada por diez poetas y en plena lucha del capitalismo contra el socialismo, donde empiezan a escucharse fuertemente nombres de poetas rusos, empiezan a existir versiones y ediciones que van incorporando a más y más poetas malditos americanos, hoy en día los más descabellados hablan de un total de 30 poetas malditos, atreviéndose a incorporar a gente como Ian Curtis vocalista de la banda Joy Division  y Jim Morrison de The Doors.

Finalmente me atreveré a asegurar que para los seis poetas que originalmente aparecen en Les Poètes maudits crear poesía fue mero oficio y no un arte exquisito como muchos se han empeñado en hacerlo parecer, su poesía  fluida, con un estilo natural, un talento crítico y en no pocas ocasiones satírico es sin más grandilocuente,  estos poetas incorrectos a veces, correctos otras como verdaderos clásicos, desordenados en momentos, llenos de inspiración casi siempre, reprobables en extremo con frecuencia por sus impactantes versos, dignos de la admiración de aquellos que saben, pero injustamente más  admirados por los que no, no deben quedar mezclados con decenas más, son seis y punto,  y  sus locuras, extravagancias y contradicciones, serán siempre inferiores a sus grandes cualidades.

Por: Emmanuel Ortega.