El pasado 19 de Septiembre comenzó como cualquier otro día: frío y apresurado. Las personas desde temprano comenzaron a subir a sus autos, al bus o  a caminar con la intención de  llevar a los niños a la escuela, para después dirigirse a sus trabajos o casas.
Cerca de las once de la mañana en distintos colegios  y oficinas realizaban un simulacro para recordar el terremoto que había devastado a la ciudad un 19 de Septiembre de 1985; nadie lo tomó en serio, sin saber que después de esa mañana nada volvería a ser igual.
Tan sólo pasaron dos horas, cuando la tierra nos recordó lo poderosa que puede llegar a ser, eran las 13:15 hrs. y las alarmas comenzaron a sonar, algunos aún creían que era un simulacro más, hasta que comenzaron a escucharse los gritos, las construcciones tronando, cables y lámparas meciéndose,  las personas corriendo.  Una vez más México temblaba, entre miedo, incertidumbre y desesperación.

Los medios de transporte colapsaron, grandes edificios caían mientras algunas  personas corrían nerviosas y otras más comenzaban a organizarse para remover escombros de inmediato, los servidores de las compañías de telefonía móvil se cayeron, sólo podíamos valernos del internet. De inmediato en  las redes sociales se comenzó a compartir contenido: “edifico colapsado en Álvaro Obregón, se necesitaran víveres, herramienta, medicinas y mantas”.

Cien millones de mexicanos fuimos uno, demostrando que a pesar de ser un pueblo muy fracturado seguimos de pie, demostrando que no necesitamos del gobierno porque nos tenemos a nosotros,  la sociedad civil que apoyó, haciendo brigadas, donando, compartiendo información, ensuciándose las manos con la esperanza de salvar una vida. Cada minuto que pasaba era más doloroso, se desmoronaron: oficinas, casas, escuelas, las mismas que por la mañana estaban llenas de risas, de vida.
El estado mexicano, -esa minoría en el poder- por su parte, realizó lo que mejor sabe hacer: nada bueno. Los líderes políticos no aparecieron para dar siquiera unas palabras de apoyo, una esperanza de tranquilidad al pueblo, a las familias que tanto la necesitaban, a decir cómo el estado contaba con los recursos suficientes para reconstruir las pérdidas, a enviar lo necesario, por el contrario, comenzaron a circular videos en donde veíamos a los máximos exponentes de la política de nuestro país, mofándose de la desgracia que nos azotó entonces, nuestro presidente: Enrique Peña Nieto y la primera dama (que nunca dejará de ser la “Gaviota”) fueron captados en video posando con los medios de comunicación con la finalidad de documentar la entrega de despensas por parte el DIF, riéndose de que las cajas eran falsas, no contenían nada, no tenían peso, ¿Cómo alguien podía reír en un momento así, la Ciudad de México, Oaxaca,  Chiapas, Guerrero, Morelos y Puebla estaban destrozadas, el país nunca había estado tan silencioso , y nuestro presidente sólo reía.
Los medios de comunicación difundían   información  “esperanzadora”, casos que nos conmovían hasta las lágrimas, como el de Frida Sofía, una niña que había quedado atrapada en el Colegio Rebsamen al sur de la ciudad, todos los canales cubrían la nota, ella se estaba comunicando y había esperanza, misma que se apagó cuando el país se enteró que Frida Sofía nunca existió, que al igual que en el filme  “La dictadura perfecta”  todo fue un distractor político difundido por los medios de comunicación masiva para intentar desviar  la atención del pueblo, el pueblo que notó el descaro y la apatía de sus gobernantes, el pueblo unido, el pueblo que se preocupó por el pueblo, ese pueblo unido que le atemoriza al Estado, ese pueblo unido que puede cambiar la realidad del país.

Se hicieron peticiones formales  para que los partidos políticos donaran el capital destinado a las campañas electorales, se culpó al gobierno por la pésima calidad de condominios nuevos que se derrumbaron, de las carreteras abiertas, ¿Quién otorgó los permisos? ¿Hasta dónde puede llegar la corrupción? ¿Qué pasará con las donaciones que diversos países, empresas y figuras públicas hicieron? No era posible; el estado corrupto una vez más salía a la luz, no se habló de números, no se dieron respuestas, no había soluciones, por el contrario, se apoderaron de toneladas de víveres y material de curación que tan sólo una semana después, comenzaron a repartirse como si fueran enviadas por los partidos políticos, así podrían comenzar a comprar votos.
Sólo quedaba la buena voluntad, las ganas de seguir, el apoyo de pueblo para el pueblo, con el paso de los días todo comenzaba a ser “normal”, el gobierno limpiaba los escombros con maquinaria pesada, no importando si el cuerpo de tu madre, de tu esposo, de tu hija o tu mejor amigo estuviera debajo, pero qué se puede esperar, sino no los respetaron en vida, menos lo harán en muerte.

Lamentable nuestra situación, cada pueblo tiene el gobierno que se merece, un gobierno, ignorante e indiferente, abusivo, sin embargo, la tragedia dejó una esperanza de cambio, el cambio que está en manos de los jóvenes, en la generación que demostró que es capaz de organizar un país entero en busca del bienestar común, la generación que defiende la vida sin importar que ésta sea de una persona, un perro o un gato, la generación que sí tiene memoria, la generación que por fin sacará al PRI, para jamás volver, la generación que estudia, que aprende, la generación que promete.

Nos queda aguardar, trabajar para que ésta historia no se recuerde como el día de la euforia colectiva, que no sean sólo promesas, que en realidad tomemos el control de esta nación, que dejemos de consumir los medios de manipulación masiva, que apoyemos el comercio local, que adoptemos perros de la calle porque son héroes, que nos apoyemos como nación, que seamos incluyentes, justos y sobretodo humanos. Confió en que así será.

Greta C. Navarro