“La maestra de filo es mi crush”. Era una frase que escuchaba muy a menudo, los alumnos solían hablar y fantasear entre ellos pensando que tal vez algún día podrían llegar a estar entre mis piernas. Por mi parte me causaba risa, aunque he de confesar que  hasta cierto punto me agradaba la idea de que hombres diez años más jóvenes que yo me encontraban atractiva, más que atractiva, sensual, que era la razón de sus fantasías. Cuando usaba faldas notaba sus miradas curiosas recorriendo mis piernas, buscando encontrar su unión, gozaba que me dijeran una y otra  vez lo hermosa que soy.
En ocasiones, alguno de ellos llegaba a llamar mi atención; el barboncito, flaco, de antebrazos tatuados, gafas redondas y gracioso, o el intelectual de voz rasposa.

En uno de los grupos les dejé leer Lodo, de Guillermo Fadanelli, al estar en sesión, debatiendo el libro, varios de ellos comenzaron a relacionarme con el personaje principal, quién también era profesor de filosofía y tenía  un amorillo con Eduarda -una mujer mucho más joven que él y muy ordinaria-  uno de mis alumnos dijo “yo quiero ser tu Eduarda” , todo el grupo se quedó en silencio, yo reí, dime :
-¿Qué tengo que hacer para serlo?, preguntó.

  • Ser el más grande intelectual que haya conocido.

 

Continué con la clase.

Por la tarde mi coordinador me informó que habría asesorías especiales, una especie de cursos pagados sobre determinadas materias que los alumnos solicitaban y que tenían un costo adicional a las colegiaturas, únicamente tenía un alumno, Ian, aquel joven que quería ser mi Eduarda Los cursos eran por la tarde, después de cubrir el horario ordinario de clase, llegué puntual al aula, ahí estaba, quieto, sonriente y ansioso.

 

  • ¿Qué ha despertado este repentino interés en saber más de la filosofía?. Pregunté.
  • Como te dije, quiero ser tu Eduarda, sólo que más intelectual.
  • Puedo ayudarte con el conocimiento. Respondí.

Comenzamos a hacer un debate con torno a la razón, la fe, el deseo enfocado al epicureísmo y el estado estoico.
Yo, estaba sentada en el escritorio, él permanecía atento, sentado en una banca frente a mí. Al abordar el placer como vehículo a la felicidad, él insistía en la carnalidad del mismo, en dejar de lado los prejuicios sociales y darle rienda suelta a la pulsión, era evidente lo que decía entre líneas, sin embargo, yo me mantenía en mi postura de docente estoica, en eso al hablar sobre Epícuro, se levantó del asiento y se acercó poco a poco a mí, hasta quedar justo de frente, yo aún sentada, hice mi torso hacia atrás para guardar distancia y sobretodo enfatizar cierto rechazo, sin embargo no respondió como esperaba, y me besó; por un instante mi mente gritó a mi cuerpo que lo dejara, pero mis labios no hicieron caso y respondieron al beso, era un beso ansioso, rápido, agresivo y con lenguas, mientras sus manos me tomaron por la cintura impidiendo que me separara de él y sobre todo que pudiera hablar, a pesar de ser muy delgado era fuerte, y su fuerza me excitaba, deslizó sus manos hasta llegar a mis rodillas y separar mis piernas, yo traía vestido, así que le facilité el acceso a mi vulva, que para entonces estaba tan húmeda que sus dedos se mojaron aún sobre las bragas.

– Sí que te gusto, dijo mientras llevaba sus dedos a su boca.

Me quedé callada por unos segundos, y me separé de él bajando del escritorio.

  • Esto está mal, no puedo, eres un niño.

    Tomó mi mano y la puso en su pene duro, erecto como roble.

    -¿Un niño tendría esto?, no puedes determinar que está mal, ¿cómo algo que se siente también y que no daña a nadie puede ser malo? , ¿A caso no eres tú quien me enseñó a dejar de lado los prejuicios, dejas de ser ética por obedecer al placer?
    – No, pero para…

  • Es tarde para eso.

    Me tomó con fuerza y me colocó boca abajo sobre el escritorio, hizo mis bragas de lado y dio paso a su lengua que jugueteó con mi clítoris por unos minutos, cuando estaba a punto de terminar entró en mí yo estaba muy nerviosa por ser sorprendida follando en un salón con un alumno, empero lo dejé continuar, me volteó de frente a él y alzó mis piernas, estaba totalmente recostada sobre el escritorio, ahogando mis gemidos para no ser sorprendida, prensada a su delgado pecho, rodeada por sus antebrazos tatuados, acabé regando todo a mi alrededor, eso lo prendió en demasía, ver como salían de mi chorros de placer que él provoco, no quiso quedarse atrás, salió de mí y se vino sobre mi coño empapado.
    Estaba satisfecha, pero me sentía muy inquieta, le pedí no mencionar nada a nadie, que éste sería un secreto que sólo compartiríamos uno con otro, asintió con la cabeza, y me pidió volver a hacerlo pronto, ajustamos nuestra ropa y salimos apresurados, al despedirnos me besó suave en los labios.

Llegué al estacionamiento, subí al auto y partí conduciendo mientras sonreía y percibía su aroma aún impregnado en mi cuerpo, fue maravilloso.
Carol Navarro