Aquella tarde ella se veía particularmente atractiva. Una delgada y ligera gota de sudor resbaló

de su espalda para terminar en el broche de su brasier. Agarró su cabello con ambas manos

para rehacer una cola de caballo ya desecha por su lacio perfecto. Peinó lentamente su

cabello con ambas manos sin despegar la vista de unos papeles donde había estado

bocetando unos trajes dese hacía unas horas para después amarrar estrechamente una liga

que dejó un peinado intacto.

Eran aproximadamente las siete de la tarde. El crepúsculo empezaba y el calor era ligeramente

insoportable. A pesar de la humedad y el bochorno ella se mantenía fresca, serena y muy

concentrada en su trabajo. Yo la veía desde su costado izquierdo y aunque mecánicamente

revisaba y desechaba fotografías de un evento anterior no podía dejar de prestar atención a la

curva que trazaba su espalda, ni a ninguna otra en realidad.

Habíamos tomado la decisión de salir de viaje por un par de días sin descuidar uno que otro

pendiente importante. El puerto era bastante caluroso en esa época del año pero el cielo

trazado a pinceladas de nubes delgadas frente a un degradado naranja y rojo lo valían

perfectamente bien, y más estando con ella. Tal espectáculo se mostraba altivamente desde

una gran ventana que daba acceso a un balcón en el cuarto del hotel, apenas opacado por un

par de cortinas traslúcidas.

Volteó algunas hojas, hizo unos trazos, realizó unas anotaciones chiquitas a un costado de

cada hoja y siguió analizando los diseños en los que estaba trabajando apenas murmurando

unas palabras que no logré entender. Vestía solo un pantalón de mezclilla oscura y un brasier

de encaje que no podía evitar que la viera cada 5 segundos.

Yo fingía estar muy concentrado para que ella no sintiera que le reclamaba atención pero era

inevitable no voltear a ver cada parte de su cuerpo realzada por una tenue luz que yacía en

una mesita cerca de la entrada. La habitación no era muy grande, y me invadía una fuerte

sensación de levantarme de la cama, pararme detrás de ella y tomarla firmemente con mis

manos para compartirle esa sensación que tenía dentro. Ese fuego que iba creciendo poco a

poco, a cada segundo, por verla, estudiarla y analizarla, poseerla. Trataba de mantenerme a

raya pero entre el calor y su belleza cada vez fue más difícil y sucumbí a mis instintos.

Casi de un brinco me levanté, me puse detrás de ella sigilosamente y aunque no hice

absolutamente nada de ruido la sombra proyectada en la pared me delató. La tomé por la

cintura suavemente y me correspondió apretando mis manos fuertemente y las llevó directo a

sus senos. Empezó a apretarlos lentamente con mis manos de por medio. << Llevo rato

esperando a que hagas eso >>, me dijo. Acto seguido se dio la vuelta, la tomé por esas

piernas fuertes y torneadas, y la cargué.

Como si la cama tuviera fuerza de gravedad nos dirigimos a ella. La recosté lo más despacio

que pude, sosteniéndola de la nuca para que se sintiera cómoda. Me aventé directamente a su

cuello, lo besé sin perdón y al momento sentí como enterraba sus dedos en mi espalda,

recorriéndola del cuello a la cintura. Seguí con esa metralla de besos que recorrieron su cuello,

sus mejillas enrojecidas por el momento y la temperatura, me detuve varios minutos a saborear

su aliento a la vez que mordía sus labios. Mis manos recorrían cada milímetro de su piel

expuesta, suave, húmeda, ahora acalorada por la situación.

En un momento ya no sentí la presión de mi cinturón. Entre abriendo los ojos lo noté en un

borde de la cama, ya desarreglada por el movimiento en vaivén de ambos cuerpos, que

empezaban a hacerse uno. Ella usaba las manos para discutir con el botón de mi pantalón, y

mientras mi mano derecha alternaba caricias entre su cintura, sus senos y su bello rostro, mi

mano derecha rompía con la presión del brasier al haberlo desabrochado. La temperatura

aumentaba casi insanamente. Ambos cuerpos, envueltos en un mar de sudor y hormonas se

juntaron utilizando toda posibilidad de contacto, tanto que en la sombra que ahora se

proyectaba en la pared opuesta del cuarto no se distinguía más que una masa homogénea

que se movía viva y plácidamente; bien coordinados, sabiendo donde colocar cada parte del

cuerpo.

Una suave brisa entró por la ventana para apenas intentar refrescar el calor que nos envolvía,

que se sentía como una fuerza sobrenatural que se concentraba en aquel lugar donde más

acción o movimiento había. Una segunda ráfaga, un tanto más fuerte, trató de colarse entre

ambos cuerpos, pero el aura de calor que liberábamos no permitió ni por accidente que se

acercara a nosotros. El gozo, el placer, el pecado y un conjunto de sentimientos que

explotaban con cada caricia y cada beso formó en mi cabeza la silueta de ella debajo mío.

Actuábamos en automático, sin necesidad de abrir los ojos sabíamos perfectamente bien

donde disparar el próximo beso, la siguiente mordida y los posteriores apretones de piel. En

algún momento un borde de las sábanas le lastimó la espalda y nos recorrimos hacia el centro

de la cama para que nuevamente estuviera cómoda. Ese simple movimiento bastó para que mi

pantalón saliera disparado de mis piernas por un movimiento que hizo con las suyas. Se

desabrocho la mezclilla que tenía y con firmeza pero sin ser brusco le arranqué esa prenda.

Voló al otro lado de la habitación para golpear la pared y aterrizar cerca de donde provenía la

luz.

Nos aceleramos a quitarnos lo único que teníamos puesto, el encaje de un delgado hilo que

rodeaba su cadera y pasaba por el medio de sus piernas, humedecido, casi chorreante; y un

ajustado y austero boxer.

No corrí prisas en este momento. Me detuve un instante a observar de nuevo su figura, sus

curvas, su sonrisa, sus ojos en fuego, su largo y negro cabello regado uniformemente por la

cama, al rededor de su cabeza y sus hombros. Sentí mi mano latir y la llevé a su sexo,

húmedo, caliente, hinchado por la excitación y el deseo. La bese nuevamente del cuello y

después me dirigí a sus senos, también hinchados por el estado físico y emocional. Aun con el

calor y la temperatura ambiente no me fue difícil distinguir lo que emanaba de ella, un elixir

para la inmortalidad, una pócima de fuerza para cada uno de mis músculos. La acaricié, le

apreté los pezones con los labios y gemidos y palabras incomprensibles empezaron a salir de

su boca.

Me tomó por la cintura, alejó mi mano de su entrepierna y apretó fuertemente. Abrió las

piernas poco a poco para consumir una parte de mi dentro de ella, un pequeño grito, otro

gemido más. Nos habíamos vuelto uno.

LC