De la noche a la mañana uno no puede encontrarse amenamente con las poses desgarradoras de Valentina, ella siendo tan joven y precoz (y lo digo con el sentido de ponerme en el extremo de aquella chica con pubis castaño). Siendo las dos de la madrugada, Valentina se sentía incontrolable, sola, en una habitación del edificio por la Cuauhtémoc, donde el vino nunca le hacía falta, las lecturas de erotismo y las medias puestas siempre al dormir. Me pregunto: ¿Quién a las dos de la madrugada usa medias de encaje y se prepara para dormir de esa manera?. Quizá espera de un abrir y cerrar de ojos que alguien sobresalga del muro de su vecino, quizá hasta quisiera que fuera el propio vecino que la visite provocándole terror y desgarrarle el ano como tanto ha deseado.

Valentina ya encontraba su soledad un poco castrante, transnochaba platicando con el gato amarillo de su habitación y se ponía las medias. Oh si, ella se ponía las medias antes de acostarse, se quedaba desnuda postrada sobre las sábanas, acariciaba sus piernas una y otra vez, imaginando sus manos como si fueran las de un hombre con el que lleva poco tiempo. El amor en definitiva, cuando lleva poco tiempo se disfruta del más penoso, por que se siente el acercamiento, la plenitud de disfrutar ver un cuerpo nuevo, un nuevo olor, un falo diferente que postra de ser audaz y quizás un poco más grande.

Si, son las dos de la madrugada y ella contempla el techo, se toca las piernas, se siente las medias, se las quita y se las pone, se ve en el espejo. Deja de comer dos o tres días para poder verselas mas delgadas, se atasca de comida algunas semanas y se las vuelve a colocar para ver de que manera realmente ella se siente hermosa. Hay momentos en que Valentina sale a la calle con la falda más arriba de lo normal, con esas mismas medias, sin ninguna braga abajo, a Valentina le gusta pasearse por el metro de la línea verde donde hay más estudiantes cachondos y empresarios solitarios, le gusta que le dé el viento y que por alguna razón el aire alze su falda y deje ver un poco de sus medias, que se vea la curva de sus nalgas, que se le vean los poros erizos de alguien que intente violarla. Claro, por que para eso, una violación no le caería mal a Valentina, a veces se queda quieta a las diez de la noche en una estacion de metro donde piensa esperar a que el más cansado y solitario estudiante se fije en ella.

Valentina de ojos castaños, cabello al mismo ejemplar de 1993, piel blanca cambiante con las estaciones, ropa sin ningún tipo de estampado. Ella misma se desliza entre los torniquetes del metro. Con un audífono caído y el otro medio puesto para poder estar atenta a su forzador, que carezca de buenas intenciones al poner su cabeza entre la línea prohibida al pasar el tren, que su cuerpo se retuerza de miedo y revés, con tampones en su bolsa que se ponga después para que el líquido no deje rastro alguno si la llegan a investigar.

Hay paradas donde la luz dejaba ver su falda mas transparente que las otras chicas que venían de las tele secundarias. ¿Por qué un humano con tan resplandor tiene los ojos llorosos de veintitrés años pasados?.

Rutinariamente, antenoche, del secreto jamás conocido, se apagaron las luces, que de por sí, su cuerpo reflejaba un destello de inseguridad y cicatrices de relaciones pasadas. Aún no comprendía como un individuo al desconocido podía mirar su alma, podía tocar el austero sentimiento que desenfrena un corazón en partida hacia la colmena. No podía ni soportar tan siquiera el ignorar su presencia, el perfume rodeaba un intenso camino, se reflejaba en el titiritero de sus dientes, contemplaba el frío y se sentía en su piel. La noche caía en gritos, y Valentina, ya no llevaba las bragas puestas. Seguía con sus mismas medias, pero ahora rotas, rotas color negras con encaje desgastado, y eso inspiró la noche e hizo que el vecino terminara de apagar las luces y gozara del espectáculo. Una dominante noche, una pacífica manera de calmar el trastorno de enamorarse de nuevo.

Saliendo el sol, encontró el momento perfecto para no despedirse, aquel individuo entrecerraba los ojos, según sus palabras en el sueño le pedía agua agitadamente mientras otra erección venía en los planes. Aquel individuo juraba que regresaría desnuda, a la calma, de una cama manchada. Poco a poco y prenda puesta resbalaban las mentiras de Valentina. Ella no era capaz de amar. Anteriormente se vestía de elegancia, padecía de un razonamiento algo copiado.

Aquella mañana, Valentina miró en algún punto de su arrepentimiento, no había sellado un final, ni siquiera un capítulo, requería de ser amada. -Algún día, ¿podrás perdonarme?, ¿acaso, lamentarás como yo lamento tu partida en aquellos años turbios?, ¿me recordarás?.

Ariadna Toledo.

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