La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes.

Arthur Schopenhauer

Dicen que la soledad es a veces la mejor compañía y que además es la mejor nodriza de la sabiduría, quizás por eso que en todos los países del mundo, han existido cientos, tal vez miles de músicos y poetas de todos los géneros y en todos los idiomas que a través de los años le han cantado y le han escrito a la soledad y cómo no sería de esa manera si ella suele ser la mejor compañera del músico y del poeta, la que decide si es factible o no la letra y la melodía, el verso y el ritmo, la que te dicta cuando debe hacerse un cambio de estrofa, la que te arropa cálida y discretamente cuando lo necesitas, la que siempre te recibe de buena gana y con los brazos abiertos, la única que se queda cuando todos se van. Existen también muchas leyendas sobre la música, la poesía y la soledad, hoy recuerdo una que involucra a las tres, cuenta esa leyenda, que en un tiempo no muy lejano, un tiempo de soledad y sol,  existió un hombre, músico y poeta, que fue el único y auténtico compositor de blues nacido en nuestro país, que el primer día de su vida fue un día de muertos del año 55, que habitó durante décadas en el desierto de Real de Catorce, que su alma fue de color azul, que tuvo una amante llamada Jenny, que sin más luz que la del quinqué de su habitación alguna vez afirmó “Voy a morir…según como viví”, que siempre supo cuál era la medicina más maravillosa de todas, que se consumió fumando la venenosa y que una noche lleno de valor y desde el centro del mismo desierto, se atrevió a hacerle ver a la soledad que estaba sola, su nombre era el mismo que el del verdadero padre de Dios, fue tan grande que después de muerto resucitó, cuenta también la leyenda que nunca volvió a ser el mismo, aunque hasta el día de hoy sigue cargando su misma Cruz.

Emmanuel Ortega.