Ayer entre las lágrimas de un coito se limpiaba los orines con agua fría. En otro lado estaba su padrastro limpiando el colchón de los imprudentes, en realidad no le preocupaba si olía a meados, más bien era la mancha de cerveza que había regado antes de empezar a poner el canal de porno más suave para cautivar a Valentina y sin que ella se diese cuenta fuera violada brutamente por un “Don Juan de las morritas”.

Tras más limpio veía, menos creía él que no había pasado nada.

La madrastra de ésta chiquilla se preguntará por que huele a meados frescos, es una obsesiva, una conocedora la muy puta -empezó a preocuparse-. Ven Valentina, deja de bañarte y pon tus dos cerezos entre mis piernas, aún estoy sucio, de ahí restriegate en la cama y por favor déjate las calcetas de secundaria.

Valentina entre semen mal pegado, se acercó con un miedo y una excitación que no conocía anteriormente, ella no era virgen. Hace algunos años que conoció al tequila y entre ellos al más desgraciado que la avergonzó cogiéndosela en frente de cuatro personas más. Mientras ellos bebían y bebían disfrutaban de un espectáculo maravilloso. Y la frustración que le arraigaba no era la humillación, sino más bien por que los otros cuatro no participaban.

Lentamente se fue acercando a las piernas de su padrastro, entre movimientos lentos, la agarró de la mano y forcejeo su cadera hasta sentarla con descaro.

Muévete -empañado de saliva- ensúciate toda y no dejes ni una brillante mancha.

Valentina entre contoneos de arriba y abajo, izquierda a derecha y los sonidos de flatulencias, movía sus cerezos estrangulados y mordidos de un sospechoso intruso a su cavidad. Le desesperaba no poder gritar, le encantaba. Poco a poco sintió la respiración con ese típico olor de engendro más allá de los cuarenta y cinco años y entre absorbidos suspiros no faltaron los dedos en su culo. Que calina, que vehemencia era éste purgatorio.

Continuará…

Ariadna Toledo